Ahí me encontraba, en aquel sueño que no tenía ni pies ni cabeza:
Estaba sentada, debajo del limonero, al lado de la cerca de arbusto.
Un limón me cayó en la cabeza. Solté un grito inmundo lleno de dolor. Que era un limón, pero era un limón grande.
A éste limón le salieron patas, unas patas amarillas que corían como los de una liebre: pasos pequeños, pero rápidos.
El limón mutante salió por en medio de los arbustos y volvió a entrar como si nada. Con sus patitas excavaba un agujerito en el suelo, de su exacto tamaño, mientras yo me lo miraba extrañada.
De pronto el limón me miró ( y qué extraño suena esto... ) se volvió un libro, de tapa duras, igual que el que había estado editando los días anteriores.
El libro-limón se metió en el agujero, y ese agujero augmentó de tamaño. Cada vez se hacía más grande.
Y de golpe, todos y cada uno de los limones que colgaban del árbol me cayeron encima, algunos más grandes que el primero, mientras me protegía con los brazos. Y como el primero, se convirtieron en libros.
Cayeron al vacío, arrastrándome a mí con ellos.
Caí.
Mientras caía en ese agujero infinito, notaba como alguien me observava desde arriba. Aunque éste agrandara de tamaño, mi hermana, no caía como yo. Se limitaba a decir:
- Margarita, está linda la mar...
- Pero ayúdame porfavor! - le grité. Pero se limitó a mirarme, a coger un puñado de libros y tirármelos encima.
No podía más, estaba rendida de gastar todas mis fuerzas en no caer. Y me resigné a hacerlo, con los ojos cerrados y mis extremidades muertas, absorbidas por el vacío. Entonces desperté.
Me cogí a barandilla de la cama, por miedo a que me absorbiera algún agujero.
Y por una vez en mucho tiempo, deseé que mis sueños no se hicieran realidad.
dissabte, 13 de juny del 2009
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