La más tonta de las mujeres puede manejar a un hombre inteligente, pero es necesario que una mujer sea muy hábil para manejar a un imbécil.
Y eso es exactamente lo que me ocurría a mí. Héctor me tenía loca, miraras por donde miraras, siempre cometía errores absurdos. Y no lo digo porque sea un hombre (¡qué va!), lo digo por la manera que tenía de manejar y "solucionar" sus problemas. Que me sacaba de quicio. Por esa misma razón lo mandé, hace ya cosa de un mes, a cultivar patatas. En otras palabras, que lo dejé, vamos. Tres meses antes del gran accidente, antes de mandarlo al huerto, nos fuimos de vacaciones a Canarias (la gota que colmó el vaso). Almenos esa era mi intención. Era un regalazo de parte de mis padres por mi vigésimo aniversario. ¡Quería irme de vacaciones, carai!
-Pero Marta, ¿Qué narices hay en Canarias que no haya por aquí cerca, eh? - dijo Héctor, ni que lo tuviera que pagar él, el muy idiota.
-¿Se puede saber qué te pasa? Mis padres nos regalan un viaje, a los dos, y tú prefieres quedarte aquí rascándote la panza. ¿Te parece bonito?- le contesté. Y proseguí a echarla en cara su regalo- Encima, ellos me regalan un viaje, y tú, me regalas una planta de interior. Serà que no tenemos plantas de interior, que tú vas, y compras otra.
Entonces me miró mal. Sí, quería hacerlo sentir mal por su absurdo regalo y su absurda idea de negarse a pasar unos días en Canarias.
-¿Quieres irte a Canarias?- dijo finalmente, después de una pausa-, pues iremos a Canarias.
Me daba igual la razón por la cual había cambiado su opinión, a esas alturas, hubiera cogido cualquierade las personas que pasaban por la calle, y me hubiera ido de viaje con ella. A Héctor, lo necesitaba única y exclusivamente para llevar las maletas (Qué ingenuo era, por Dios)
Esa misma semana nos dirijimos a Madrid, con la intención ("intención", muy intencionada) de coger un avión. Cogimos un taxi para llegar hasta allí. El tiempo pasó bastante rápido. Llegamos al aeropuerto y suspiré con satisfacción.
-Vamos, Héctor, saca los billetes. Están en el bolso.
-¿Qué bolso me dices? - vamos, que más tonto y no nace, el pobre.
-Mi bolso, Héctor. ¡Te lo he dado en el taxi!
-Ah, ése bolso...
-¡Pero vamos! ¡Los he visto más rápidos!
Entonces la cara del zopenco que me acompañaba, de volvió pálida...
¿Dónde estaba el bolso? En el taxi. Mi cartera, mi carné, mis fotos, los billetes, mis pintauñas...Ya podía decir adiós a todo aquello. En ese momento hubiera cogido a Héctor por cualquier lado (bueno, preferentemente por un lado doloroso, cualquier chica lo entiende), sólo con la intencíon de que exhalara su último aliento.
¡Que me había perdido el bolso! Y lo peor, un viaje a Canarias que no volveré a tener cerca ni en pintura acuarelable.
Ahora sí, prefiero la planta de interior, pero no antes que al viaje. Lógicamente, antes que a él.
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